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                           ANÁLISIS

         

            HABERMAS, UNA RESPUESTA A LA

                 CRISIS DE LA UNIÓN EUROPEA

         

Néstor Hernando Parra


Abundan la información, los análisis y la literatura sobre los efectos de la crisis en Europa. Como ya lo hemos comentado antes, el tema dejó de ser de exclusivo dominio e interés de los economistas pues también filósofos, sociólogos, historiadores, juristas y analistas políticos internacionales hacen diagnósticos y formulan propuestas en blogs, periódicos, revistas y libros con la intención de contribuir a la salida de esta oscura y larga encrucijada.

The Guardian (guardian.co.uk, noviembre 10, 2011) publica un extracto del libro “The Crisis of the European Union: A Response” de Jürgen Habermas, el filósofo contemporáneo alemán de mayor reconocimiento, que editado por Polity Press entrará en circulación en abril próximo. Entre los sugestivos temas de la reseña destaca el de la solidaridad, como principio dominante en una comunidad constitucional que se extiende más allá de las fronteras de un estado y como guía entre ciudadanos que teniendo la voluntad de apoyarse mutuamente deben aumentarla al mismo paso. En otros términos, que en cuanto se inicia el camino de la integración es necesario continuar fortaleciendo la voluntad entre todos los ciudadanos de seguir haciendo camino juntos.

A fin de encarar los efectos devastadores de la crisis financiera, económica y ahora social, los dirigentes nacionales y los de los organismos de la Unión Europea (UE) -ante la evidencia de debilidades estructurales en el proyecto integracionista-, continúan reuniéndose con inusitada frecuencia y debatiendo propuestas tendientes a fortalecer la edificación mediante adiciones a su diseño institucional y a contrarrestar las embestidas de los mercados a través de protocolos de emergencia.

Anticipándonos a la lectura del libro, y tomando el extracto como guía, emergen sugestivos análisis y propuestas entre los que, en plan de brevedad, destaco solo los siguientes:
1) Es imperativo estimular mediante normas legales y administrativas la liberalización de valores, entendida como la voluntad creciente de aceptar la inclusión de “extranjeros” -del mismo entorno europeo-, y la correspondiente transformación en identidades colectivas mediante acciones legales y administrativas. Recuerda también la interacción entre procesos políticos y normas constitucionales, de un lado, y la red de actitudes y convicciones políticas y culturales del otro que juegan unas veces el papel de estimuladores y otras de inhibidores. Sin embargo, esos procesos que tienden a construir nuevas lealtades que se manifiestan en la voluntad de hacer sacrificios basados en las relaciones de reciprocidad a largo plazo se oscurecen con la proyección de la sombra del nacionalismo.
2) La transnacionalización pasa necesariamente por procesos de aprendizaje a través de los cuales los pueblos de cada comunidad deben apropiarse del principio de solidaridad cívica (bajo el presupuesto de que desaparezcan o se reduzcan las desigualdades sociales entre naciones ricas y naciones pobres), procesos que pueden ser estimulados por la percepción de necesidades políticas y económicas, y potenciarse en cuanto los medios de comunicación contribuyan a la construcción de una cultura política compartida.
3) Es necesario corregir la peligrosa asimetría política que el proyecto de Unión Europea ha generado entre el monopolio de las élites políticas (y burocráticas) manejado desde Estrasburgo y Bruselas, y la participación democrática de los pueblos de las diferentes naciones. Lo que hoy se observa es apatía e inclusive indiferencia por los ciudadanos de la unión con relación a las decisiones del Parlamento, por lo que se infiere que es preciso transformar esa actitud en un ejercicio de participación influyente de los ciudadanos europeos.
Podría decirse que, en grandes líneas, su propuesta radica en: liberalización de valores, educación en el valor solidaridad cívica, y democratización del poder político.
Un breve y necesario recuento

Europa después de las dos guerras mundiales, desangrada y derrotada por los nacionalismos llevados al extremo, busca en el ideal de la paz huir de su historial bélico. En procura de hacer realidad esa intención, se encuentra con que una nación extra continental, heredera de su propia genética y también partícipe en los dos conflictos de la primera mitad del siglo XX, le extiende una tabla de salvación desde la que en breve vislumbrará además el progreso indefinido, el pleno empleo y la superación de las desigualdades. Además, asume todo lo relacionado con seguridad y defensa. A poco andar, con esos objetivos en el horizonte y esas facilidades, avanza rápidamente en la adopción de su propio modelo caracterizado por la construcción y extensión democrática del estado de bienestar y por el proceso de integración transnacional más importante que se conocerá finalmente como la Unión Europea. Este camino se inicia cuando en 1951 seis naciones, entre ellas Alemania y Francia, dando acogida a las propuestas de Schuman y Monnet, acuerdan la conjugación de intereses económicos alrededor de dos elementos de alto valor estratégico el carbón y el acero.

Esa nave que se fue creciendo en espacio territorial, dimensión demográfica, importancia económica y representatividad política y geoestratégica ha contado en su concepción filosófica, en su diseño constructivo y en su gestión operacional con normas, instituciones y organismos propios. Y con mentes iluminadas capaces de visualizar el futuro y concitar acuerdos. Pasados ya más de sesenta años, después de indudables logros continuos han aparecido nuevos factores que están entrabando su funcionamiento. En efecto, desde que se entronizó la globalización como eje del Nuevo Orden Internacional, se acogió el neoliberalismo como sistema económico inclusive por quienes gobernaban guiados –supuestamente- por ideologías de tintes socialistas, y se adoptó el euro como moneda única por la mayoría de sus miembros, pero muy particularmente desde hace casi cuatro años de cara a la crisis económica y financiera, gran parte de los ciudadanos de esas naciones se encuentran estupefactos, cuestionan la eficacia de sus líderes y se debaten entre la incertidumbre, el desencantamiento, la indignación y la rebeldía.

Hoy, dirigentes políticos y tecnócratas de veintisiete naciones, particularmente las diecisiete del euro, subidos en una montaña rusa que no parece tener fin, luchan por domeñar la nave que en plena alta mar parece perder su rumbo en momentos en que surgen indicadores amenazantes de un posible naufragio.

La crisis que se ensaña en países de la periferia –que deja indemne a Alemania que es el centro- tiene rostro humano, no son simples, abstractas y mudas estadísticas, son millones de desempleados entre los que el grupo mayor está integrado por jóvenes que no han tenido ni siquiera la oportunidad de un primer empleo por lo que solo les queda el recurso de engrosar la estrella de la diáspora que apunta hacia las diferentes latitudes del planeta. La crisis también se palpa en el desmantelamiento gradual de las seguridades mínimas del modelo de vida europeo, el del bienestar, erigido para satisfacer las necesidades y derechos fundamentales de los ciudadanos.

Ese es un escenario. En el otro extremo de este drama de acciones simultáneas, al mejor estilo del teatro moderno, aparece el esplendor de un grupo minúsculo, el famoso uno por ciento, que agranda sus caudales, se engolosina con sus lujos y artilugios, y se deleita con sus habilidosas travesuras de ingeniera financiera, contabilidad creativa y abusivas remuneraciones de directivos del sector de las finanzas que, sin sonrojarse, inclusive ha acudido al Estado en busca de recursos monetarios que le son concedidos en condiciones excepcionales. Así que desaparecida la bonanza y reinante el caos creado por la crisis económica se ahondan las desigualdades y las injusticias sociales que se creían iban por el camino de superación gradual. Retroceso lamentable que tiende a perpetuarse, resultado bien diferente al de la crisis de hace ochenta años cuando, por el acertado manejo keynesiano en Estados Unidos, se produjo allí el fenómeno de la compresión que rebajó, por la vía de los impuestos, la riqueza de los privilegiados y amplió sustancialmente los ingresos de sectores sociales populares dando lugar al surgimiento de la nueva clase media sobre la que se conformó el modelo de vida americano.

Solidaridad entre quiénes
Siguiendo la ruta analítica del filósofo alemán, se sabe que la solidaridad de la que él habla es entre ciudadanos que tienen la voluntad de apoyarse mutuamente. Vale la pena recordar que la solidaridad, bien distinto de la caridad, es un principio filosófico-político producto de la evolución de la fraternité de la Revolución Francesa que, convertido en valor estratégico, sirve para instaurar, ampliar y complementar los otros dos principios, los de libertad e igualdad. Igualdad, concepto clave en este análisis por cuanto de lo que aquí se trata es de una relación entre pares, entre seres de la misma especie, entre naciones de la misma índole política, entre ciudadanos con los mismos derechos que, por una razón u otra, se encuentran en condiciones diferentes, hoy en algunos casos dramáticas, cuya solución está en quienes deben y pueden extender solidaridad sin intentar obtener provecho alguno pues sería moralmente abusivo.

También, sería preciso indagar, así sea en forma tentativa, el grado de arraigo y desarrollo del principio de solidaridad prevalente entre los ciudadanos de los diferentes países de la UE. He dicho diferentes países con el propósito de resaltar el sentimiento de pertenencia de los ciudadanos a sus respectivas naciones de origen, sentimiento cargado de historia y cultura propias. La percepción directa y las muestras de demoscopia confirman que el alemán sigue sintiéndose más alemán, y el francés, y el español, y el inglés y todos los demás también más afincados a las tradiciones de su nación y que desde la aparición de la crisis en lugar de avanzar disminuye el grado de aceptación del proyecto transnacional.

Podría afirmarse algo más: no aparecen indicadores halagüeños de un sentimiento de ciudadanía europea. Esto tiende a confirmarse al observar las estadísticas que muestran el alto nivel de abstención, la falta de interés de los electores en participar en la constitución democrática del Parlamento de la UE. Téngase en cuenta que las listas están integradas por candidatos de “su” propio país y partido, con lo que dicho proceso se asemeja más a otra elección nacional que, en este caso, tiene por objeto el escogimiento de unos emisarios que deben concurrir a un foro extranjero con la misión de defender “sus” intereses nacionales y no a contribuir a la construcción de un nuevo espacio político, económico y social, como sería lo deseable. La rendición de cuentas de esos parlamentarios es ante sus electores y con relación a los logros o fracasos mensurables por sus connacionales en su propio espacio territorial. Y no hay o no se divulga suficientemente ni siquiera una plataforma ideológica, programa o compromiso comunitario al menos de los principales partidos, el Socialista y el Popular, que se agrupan bajo un mismo paraguas europeo. En cambio, nuevos partidos con marcadas aversiones contra la integración ganan respaldo ciudadano e inclusive presencia en el mismo Parlamento de Estrasburgo y descargan su fobia durante la campaña en forma contundente contra el proceso de integración que prometen destruir u obstruir desde dentro.

Solidaridad para qué
Habermas nos señala que es necesario aumentar al mismo paso esa voluntad a fin de seguir juntos haciendo camino. Difícil medir o apreciar el grado o extensión de la voluntad popular respecto de la continuidad en la construcción del modelo integracionista de Europa con la requerida transferencia de soberanía y funciones, justo cuando los bruscos movimientos de la nave marean, confunden y asustan a los ciudadanos hasta el punto de cuestionarse si vale la pena mantenerse en ella o abandonarla y volver a refugiarse en sus toldas de origen. En síntesis, la lucha entre estado-nación y globalización, aunque aquí se trate de la construcción de un espacio institucional intermedio, el de la Región Europea. Esto es lo que se aprecia en informaciones que transmiten los medios desde diferentes rincones de la Unión y del mundo en general. Y, por supuesto, va en dirección contraria a la ruta indicada por el filósofo e igualmente imaginada por soñadores arquitectos de las estructuras institucionales de esta especie de utopía, así como por dirigentes del proceso integracionista que en su hora supieron interpretar los anhelos de paz, progreso libertario, igualitario y solidario de sus pueblos.

Algo más: los gobernantes de los países miembros, comenzando por Ángela Merkel en Alemania -el motor de la UE y además nación altamente beneficiada en este proceso-, se ven con frecuencia atrapados por la ambivalencia entre las expectativas de su electorado -en las que predominan los intereses nacionales, regionales y hasta parroquiales-, y las soluciones que tienden a superar en forma solidaria con los otros países las dificultades de la UE, particularmente desde que se extendió la crisis financiera y económica surgida en Estados Unidos. En ese desiderátum corren el riesgo -así ha sucedido en el país germano-, de que al final de cuentas pierden en uno y otro campo, debilitándose entre sus propios correligionarios políticos nacionales y siendo tildados en el ámbito de la Unión como líderes inferiores a sus responsabilidades.

La mayoría de los demás gobernantes, empezando por los de países con problemas más acuciantes, no ven otra alternativa a la de someterse en forma disciplinada a los dictados de Alemania, y Francia, que hace de partenaire, y que junto con sus pares convierten en acuerdos en el Consejo Europeo. No les queda otra salida, es su única posible tabla de salvación. Esta conducta implica el desconocimiento de la opinión, necesidades y deseos de buena parte de sus propios ciudadanos, especialmente los de los sectores sociales gravemente afectados por la crisis y su manejo errático. Pocos dirigentes se atreven a votar negativamente los acuerdos comunitarios. Solo recientemente ante las últimas medidas concertadas en Bruselas, las de diciembre del año pasado y las de fines de este enero, El Reino Unido -el miembro más anti integracionista europeo-, se ha desmarcado invocando la defensa de la city, su fortaleza financiera europea y mundial, y también la República Checa alegando razones institucionales internas, aunque en forma tímida y provisional.
Cabría también interpretar que hoy existe una especie de solidaridad forzosa entre los gobernantes habida cuenta de los efectos destructivos de la crisis y la puesta en evidencia del despilfarro, la corrupción y el ocultamiento de la verdad por parte de algunos de sus miembros, comenzando por Grecia que sigue siendo mirada como la oveja negra de la familia europea, calificación en la que otros países están en la lista de espera.

Cuál comunidad constitucional
El filósofo alemán define a la Unión Europea como una comunidad constitucional que se extiende más allá de las fronteras de un estado, un nuevo espacio jurídico e institucional. Esa comunidad se ha ido conformando gradualmente mediante tratados internacionales y estuvo a punto de acordarse uno entre estados, el de la fracasada Constitución Europea en virtud de los resultados negativos de los plebiscitos de Francia y Holanda. Después, se relanzó y salvó buena parte de sus contenidos en el Tratado de Lisboa con sus reconocidos vacíos que hoy se proyectan enmendar.
Lo cierto es que el proceso político, el constitucional, y en particular el económico y monetario del Tratado de Maastricht suscrito hoy por diecisiete de los veintisiete miembros, han demostrado ser insuficientes ante la nueva dinámica del proceso globalizador y los estragos de la crisis. La adopción del euro como moneda única, que pronto se posicionó como divisa internacional de amplia aceptación, ha puesto en evidencia sus fallas como la de no tener un gestor fiscal único, el meollo del problema, ya que las naciones cedieron soberanía económica y monetaria pero no soberanía fiscal. Como resultado, coexisten dos conjuntos transnacionales: el de la Unión Europea y el del euro, con políticas y organismos diferentes. Y ya existen propuestas para dividir el del euro en dos o tres, uno fuerte económicamente, y los otros de menor robustez.

Hoy, gran parte del redimensionamiento de la estructura institucional europea está orientado a embridar los flujos fiscales de cada estado miembro desde un poder central europeo a fin de contener los déficits públicos y las deudas tanto privadas como públicas. Y ese nuevo instrumento, que es clave en la solución de la crisis es posible que tropiece con preceptos constitucionales internos. La recién acordada regla de oro que fuerza a mantener equilibrios entre los presupuestos de ingresos y los de gastos con un margen mínimo de 0,5% en negativo, requiere reformas constitucionales en algunos países como ya se dio en España, por la vía extraordinaria, pero que debe adoptarse por todos sus miembros a más tarde al iniciarse 2013. Dicho lo anterior, es preciso anotar que reconocidos economistas ven tal regla como abiertamente contraria a la salida de la crisis.

La encrucijada de los tiempos
Imposible no estar de acuerdo con las propuestas del Profesor en el sentido de estimular los procesos de liberalización de valores, educación en solidaridad cívica y democratización del proceso político, como respuesta a la crisis. Para una mejor ilustración habrá que leer su anunciado libro. Ojalá haya aún tiempo para que ese conjunto de grandes líneas de pensamiento conduzcan a la construcción real, en primer lugar entre ciudadanos, de ese amplio espacio hoy conocido como la Unión Europea. Sin embargo, ese deber ser que nos enseña el filósofo se cruza con el estar, el es del momento en el que se observan las siguientes urgencias:
1. La necesaria unidad, ejercida desde un poder central, en el manejo de la fiscalidad como un todo, es decir por la UE, y no como una atribución de cada país miembro, lo que puede hacer más obscura la sombra del nacionalismo entre la ciudadanía.
2. La solución de la crisis económica y fiscal de Grecia y la contención de la amenaza de extenderse a otros países: Portugal, Italia, España. Acciones que tienen que pasar necesariamente por la expresión solidaria de los países ricos con los países en vías de acelerado empobrecimiento, al asumir mayores riesgos propios, a través del Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, que en últimas afectan su propia fortaleza económica. Acción que ayudaría al proyecto solidario.
3. La defensa, supervivencia y estabilidad de la moneda única como divisa internacional pues el colapso de la misma tendría efectos insospechados no sólo en la economía europea sino en la de todos los países, comenzando por Estados Unidos que sigue siendo la primera economía mundial. Esto encajaría en lo que Habermas denomina estimulación por la percepción de necesidades políticas y económicas, en este caso las últimas.
4. La definición del esquema jurídico-político que compacte institucionalmente a los países miembros en una auténtica Unión, bien como Federación o Confederación, para así avanzar en el camino de más Europa, con lo que se daría un valeroso impulso al proceso integracionista.
Esto nos lleva a la conclusión de que es necesario tener en cuenta los tiempos en que unas y otras respuestas han de sucederse pues parecería que algunas de las propuestas del profesor y pensador germano estarían llegando un poco tarde. En mi concepto, es a los dirigentes a quienes corresponde dar la primera gran lección de solidaridad a los ciudadanos pues sobre ellos recaen las responsabilidades simultáneas de conducir a sus respectivas naciones y a la Unión Europea, tanto a la superación de la crisis cuanto a la conducción de su pueblo a mejores destinos, en momentos en que el protagonismo en la historia universal se desplaza hacia otras latitudes. Cuando parece que tiende a extinguirse la Era Europea, esa que abarca cinco siglos y se inicia con el descubrimiento –o la invención- de América.
Valencia, febrero 8 de 2012