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                   NOTA EDITORIAL

          

                    LA INTEGRACIÓN DE

    NUESTRA AMÉRICA YA NO ES UN SUEÑO

                  

                   

Ciento ochenta y dos años han pasado desde 1826, en que, al convocar la Asamblea General de las Repúblicas Americanas (registrada en los anales históricos con el nombre anodino de Congreso Anfictiónico) el Libertador Simón Bolívar quiso ponerles realidad a los sueños de Integración Latinoamericana. Esos sueños se habían incubado mucho tiempo atrás en la mente genial del gran Precursor Francisco de Miranda, que había concebido un continente unido como una inmensa nación que se llamaría Colombia. Una parte de ese sueño estaba cumplida cuando se reunió en Panamá la Asamblea General de las Repúblicas Americanas. Ya existía una nación llamada Colombia, integrada por Nueva Granada, Venezuela y Ecuador, pero la unión de las repúblicas americanas estaba remota.


Con excepción del Libertador, a los gobernantes latinoamericanos les era indiferente la unidad, sólo pensaban en dominar sus propios feudos; y los Estados Unidos, a cuyo interés convenía la desunión de sus vecinas latinoamericanas, aprovecharon la triste mezquindad de aquellos dirigentes, para lograr su objetivo de dividir y vencer. Gracias a la desunión los latinoamericanos hemos sido los grandes vencidos de los dos últimos siglos, y por supuesto, Estados Unidos los grandes vencedores.

No se hicieron pocos esfuerzos después de 1826 para unificar e integrar Nuestra América. Todos ellos abortados en su momento por accionar sinuoso del vecino poderoso del norte, que se hacía tanto más poderoso cuanto más débiles y aisladas entre sí estuvieron las repúblicas al sur del Río Grande.

Las cosas comenzaron a cambiar en 1959 con el triunfo de la Revolución Cubana. La patria de José Martí, la pequeña isla del Caribe (pequeña en territorio, inmensa en dignidad), bloqueada por el imperio, agredida constantemente, ha resistido y su revolución está próxima a cumplir cincuenta años. El fenómeno, sin embargo, no es ese. Cuba ha sido durante este medio siglo el símbolo de la integración latinoamericana, ha influido como nadie en el desarrollo histórico y cultural de nuestros pueblos, les ha demostrado que los sueños de Miranda, de Nariño, de Bolívar y de Martí no eran quimeras. Al acercarse el medio siglo de la revolución cubana, bloqueada aún por el imperio, la isla gloriosa ya no está sola. Un grupo sólido de naciones de Nuestra América la acompañan y la integración ha dejado de ser un sueño para transmutarse en una realidad promisoria.
Venezuela encabeza en Sur América la marcha hacia la segunda independencia. Ha propiciado la formación de la Alternativa Bolivariana para las Américas, ALBA, que conforman naciones de Sur y Centro América, y la creación de la Unión Suramericana de Naciones, UNASUR, que demostró su capacidad de actuar, sin la tutela imperialista, con ocasión de la reciente crisis provocada por la oligarquía boliviana y el Embajador de los Estados Unidos contra el gobierno Constitucional de Evo Morales. Una conspiración criminal que causó la muerte violenta de cuarenta campesinos bolivianos, y que se conjuró gracias a la intervención oportuna y eficaz de UNASUR y al enérgico llamado del presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Por primera vez en la historia, dos embajadores de los Estados Unidos en naciones suramericanas son expulsados debido a su injerencia descarada en los asuntos internos de Bolivia y Venezuela. Honduras, en solidaridad con sus hermanas de Sur América, se abstuvo de recibir las credenciales del embajador estadounidense. No se trata de faltarle al respeto al imperio todopoderoso, sino de exigirle que nos trate con respeto y de demostrarle que estamos en capacidad de hacernos respetar.

Con seguridad no va a ser fácil de aquí en adelante el camino de la integración latinoamericana. El imperio hará lo imposible por desbaratarla. Se tratará de desacreditar a los gobiernos que han demostrado carácter e independencia. Ahí está el caso farandulero del maletín de los 800.000 dólares con que agentes gringos intentan enlodar a los presidentes Cristina Fernández, de Argentina, y Hugo Chávez, de Venezuela. No se ha visto montaje más burdo y grotesco, ni tampoco mayor complicidad lacayuna de los medios que sirven los intereses de la oligarquía latinoamericana.

No obstante hay un factor que los enemigos de la integración parecen no tomar en cuenta. Los pueblos ya no creen en mentiras, ya no tragan entero, y tienen el suficiente criterio para saber de parte de quien está la justicia y quienes son los que quieren volver lo claro oscuro a punta de mentiras y de informaciones amañadas. La comedia imperialista ya no engaña a los pueblos. Se quiere formar un escándalo contra el presidente Hugo Chávez porque expulsó al representante de Human Rigths Watch, el señor Vivanco, que tuvo la desfachatez de mostrar su complacencia con el golpe de estado que la oligarquía venezolana, y el embajador de los Estados Unidos, entonces, quisieron darle al presidente Chávez, y que ha declarado que por no haberse dejado tumbar el Gobierno del presidente Chávez es de facto. Con entera razón el Estado venezolano ha expulsado al señor Vivanco. Por mentiroso. Porque los Derechos Humanos no pueden ser defendidos con base en mentiras y distorsiones de la verdad.

Esas dificultades, que van a ser constantes en el curso de las próximas décadas, no podrán detener el proceso de Integración. Quizá lo hagan más lento, más sufrido, pero no lo pararán. El sueño de Simón Bolívar al fin se hizo realidad.