Hablan las flores
Enrique Santos Molano
Mientras se desenvuelve el drama cómico del referendo re-reelectoral, al mismo tiempo con la tragedia de la Constitución que nació para ser violada por quienes debieran defenderla; mientras llega el desenlace previsible de la gran farsa cuyos autores le han puesto el título mamagallista de ‘Estado de opinión’, hablemos de cosas agradables.
De las flores, por ejemplo.
Carolina Spellman, ciudadana colombo-británica, nacida en Bucaramanga, de padres colombianos con una larga hilera de ancestros ingleses, acaba de publicar una investigación excepcional, científica, literaria y romántica, ‘Florigrafía. El lenguaje de las flores’ (Oveja negra/Quintero Editores).
Residente en Londres desde los 19 años, Carolina Spellman no se dedicó al estudio de las flores. Su profesión no tiene nada que ver, en apariencia, con las flores ni con su lenguaje. Cursó diseño de modas en el London Fashion School y durante un cuarto de siglo ha sido una exitosa creadora de la alta costura, que ha vestido al mundo aristocrático de Inglaterra y Europa; pero la exótica e incomparable belleza de la flora colombiana la atrajo desde niña, y al tiempo que ejercía su brillante carrera de diseñadora, inició el aprendizaje de uno de los idiomas más hermosos y universales que existen. El lenguaje de las flores.
Carolina visitó los jardines famosos de Oriente, de África, de Europa y América y ha diseñado otros muy apreciados en Inglaterra, el Reino de Gales, España, Francia y Colombia. El producto final de sus experiencias lo plasmó en el libro, único en su género, que nos cuenta cómo hablan las flores y que nos pone a conversar con ochenta y siete especies diferentes.
El trabajo realizado por Carolina Spellman en su importante obra es una vasta mezcla de conocimientos científicos, históricos, literarios y anecdóticos con los cuales teje el idioma que nos permite comunicarnos con las flores, aprender de su sabiduría y conocer sus beneficios.
Así llegamos a saber que la buganvilla o veranera es una trinitaria que corresponde al nombre botánico de Bouganvillea, de familia Nictaginácea, y que significa bienvenida, hospitalidad, y libertad en el amor. “La historia de la buganvilla -dice la autora¿ nos lleva a Haití, donde los europeos la encontraron y eran usadas como ornamentos de sus casas. Las bellas muchachas haitianas no sólo se adornaban con ellas, sino que saludaban a los sorprendidos europeos con invitaciones espontáneas a hacer el amor en público, poniéndoles una guirnalda de flores de Buganvilla alrededor del cuello”. Ahora que leo esto, recuerdo que en mi niñez, en la finca de la familia en San Antonio de Tena (llamada Guandalay, no sé si todavía) en la entrada, de un kilómetro de recorrido, colgaban buganvillas a lado y lado, y mantengo intacto el recuerdo de cómo ellas creaban un ambiente de bienvenida, agradable y acogedor, una sensación de bienestar indescriptible.
Por cierto, nuestro alcalde Samuel Moreno Rojas haría una acción espléndida de estética urbana si mandara adornar con buganvillas la horrenda reja del separador de la Avenida Chile con la carrera séptima.
Por el espliego (o lavanda), que es la flor simbólica de la limpieza y la purificación, y también, quién lo creyera, de la desconfianza, Carolina nos enseña la importancia del baño en el mundo romano. “Su nombre botánico viene del latín ‘lavare’ (bañarse) y era componente esencial de los baños romanos con la verbena. Los romanos convirtieron la necesidad de bañarse en un verdadero arte y los antiguos baños públicos en clubes sociales tan espléndidos, que los modernos ’spa’ son sólo pobres imitaciones”.
Estos apartes, que por motivos de espacio y de respeto a los derechos de la autora no pueden ser sino muy breves, dan, sin embargo, una idea de la deliciosa lectura que le aguarda a quien tenga la curiosidad de conocer el lenguaje de las flores. ‘Florigrafía’ está ilustrado con estupendas fotografías de cada una de las ochenta y siete flores que nos llaman al diálogo. Ese diálogo que tanto se necesita para conseguir la paz en Colombia. Quizá las flores podrían ayudarnos a entablarlo. Muchas de ellas simbolizan paz, fraternidad, amor, bienaventuranza, y algunas son propicias para desenredar las encrucijadas del alma.