Plaza pública electrónica
por Edgar Artunduaga
(de “El Mundo” de Medellín)
En la era electrónica, la arena po-lítica entendida como el conjunto de escenarios donde se juega la representación democrática ya no queda en la plaza pública. La televisión y cada vez más la Internet han reemplazado los espacios donde antiguamente los candidatos entraban en contacto personal con la gente y se llevaba a cabo el debate ideológico.
Y hay que ver todo lo que circula y sucede en los correos electrónicos, en las páginas web y en los blogs, espacios que como ninguno otro le pertenecen al ciudadano.
Desde el correo personal del senador Jairo Clopatofsky, por ejemplo, se han estado repartiendo en los últimos días mensajes pidiéndole a la gente que vote por Lorena, la concursante sordomuda del programa de televisión Baile por un Sueño. Podría pensarse que Clopatofsky lo hace desde su propia condición de discapacitado y eso lo justifica. No obstante, en términos políticos, no es tan clara la pertinencia de semejante intromisión de un Senador de la República para influir en los resultados de un concurso.
También está circulando un correo del periodista Jorge Enrique Giraldo Acevedo, quien denuncia que alguien que se identifica como Camilo Quiñones respondió con difamaciones y amenazas contra su vida a un comentario publicado en uno de los foros de revista Semana en el que cuestionaba la seguridad democrática del Presidente de la República. “Guerrillero. Déjame decirte que de todas formas ganaremos con o sin tu voto y el de tu pinche familia. Viva Uribe. Muerte a los narcoterroristas de las FARC”.
De igual manera, un adusto y muy compuesto miembro del partido Conservador me contó hace un par de días que le habían propuesto formar parte de unos grupos de trabajo que venían actuando en la campaña por la reelección con la misión de llamar a los programas de opinión en la radio e intervenir en los múltiples foros que hay abiertos en la web para controvertir a la oposición.
Esta confesión me pareció grave, porque se trata del montaje de un aparato de propaganda parecido al de Joseph Goebbels en la Alemania Nazi. No son mil, cien mil o un millón de colombianos interviniendo en el debate público a título personal para expresar sus ideas. No, es la impostura de diez, veinte o treinta personas sentadas por oficio frente a un computador y a una línea telefónica suplantando la opinión pública y tratando de fabricar consensos de manera engañosa.
A veces olvidamos algunos de los principios propagandísticos de Goebbels, como la simplificación, que consiste en definir un enemigo único (el comunismo, por ejemplo) y trabajar sobre una idea única (seguridad democrática) bajo la premisa de que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Otro de los fundamentos goebbelianos de la propaganda es el de la unanimidad, que radica en hacerle creer a mucha gente que piensa como la mayoría.
Quienes como periodistas hemos estado cerca de la opinión de los ciudadanos y manejado en algún momento correos de lectores de periódicos y revistas aprendimos a reconocer las opiniones interesadas y las suplantaciones. Podemos olfatear cuando las opiniones no provienen en realidad del público sino que son montajes puestos en marcha por algún grupo de interés. Es sabido que la principal motivación de la opinión ciudadana que se expresa en los medios masivos es la inconformidad. La gente tiende a opinar para protestar por algo que no funciona más que para aprobar las cosas que le gustan.
Esa experiencia me hacía sospechar de tiempo atrás de muchos mensajes que se difunden por distintos medios en favor del gobierno o de uno de los candidatos. Esta es una práctica que no sólo funciona en las campañas, sino que también se usa en los sonajeros. Algunos personajes se autonominan con la ayuda de unas cuantas cartas y unas llamadas telefónicas a los programas de radio.
Como es prácticamente imposible evitar esas suplantaciones sin poner en riesgo la democracia informativa y el pluralismo, es bueno que la opinión pública sepa que así funcionan las cosas para que el ciudadano crédulo no sea asaltado en su buena fe. Que “abra el ojo” y no se deje llevar por falsos sondeos.